El falso brahman

El falso brahman

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—Continúa, pues, la comedia; nosotros continuaremos propinándote puñetazos cada vez más terribles. Y hasta el ojo que te queda acabará, más tarde o más temprano, por pasar al buche de algún filósofo.

—¡Oh, no; mátame antes!

En el subterráneo no habían quedado más que el soldado y el cazador de ratas, los cuales se habían sentado junto al colchón y miraban tranquilamente al prisionero, que rugía como un león.

Kammamuri encendió un cigarrillo de palma, se sentó también sobre sus talones, y contemplando al paria, que parecía haber concentrado en su único ojo toda su extraña fosforescencia, le dijo:

—Por fin he descubierto tu punto flaco. No quieres perder del todo la vista.

—¡Déjame en paz! Tu pañuelo me está haciendo sufrir atrozmente.

—Pero te curará. Dentro de poco no saldrá ni una gota de sangre de la órbita que te ha vaciado el marajá.

—Aunque me vaciases tú la otra, y arrojases el ojo que me queda a los filósofos, no me importaría. La princesa sabe ya lo que tiene que hacer.

—¡A ver si te explicas, bandido! Son demasiado siniestras tus palabras.


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