El falso brahman
El falso brahman El prisionero, que debÃa de poseer una fuerza de ánimo más que extraordinaria, lo cual es además común a todos los indostaneses, se apoyó sobre sus espaldas y exclamó, con voz ronca:
—¡El que viva, lo verá!…
Kammamuri, el cazador de ratas y el guerrero se pusieron en pie, como tigres, gritando:
—¡Vas a morir!
—¡Matadme! —rugió el paria, mirándoles con el único ojo que le quedaba y que aún podÃa ser peligroso.
Alzábanse ya los puños sobre su cabeza, cuando el maharato recordó que no debÃa acabar de matar, al menos por entonces, al miserable.
—Dejadlo —dijo—. Está ya bastante estropeado. Con otro puñetazo que reciba, acabará de llevárselo Parvali, la diosa de la muerte.
—Este hombre es extraordinario. ¿Quién le habrá vomitado? ¿El infierno?
—Brahma —respondió el prisionero.
—Eso se lo cuentas a la diosa Kali y no a nosotros.
—Dadme de beber. No puedo ya hablar…
—Yo te daré de beber toda el agua que llevan los rÃos de la India; pero sólo cuando hayas confesado.