El falso brahman
El falso brahman —Dejadme morir… No puedo más… Sacad fuera esos pájaros siniestros, que parecen contemplar mi cadáver para hundir sus picos en mi vientre.
—¿Quieres hablar? ¿Por qué has envenenado a los ministros? ¿Quién te lo ha encargado?
—No… sé, nada… Agua… agua… ¡Me beberÃa toda el agua del Ganges!
—Esperaremos un poco.
El maharato sacó un viejo reloj de plata, del tamaño casi de una cebolla, contó con alguna torpeza las horas, y dijo:
—Son ya las doce: la hora de comer. Dejémosle descansar tranquilo y vayámonos a apurar un buen número de botellas.
—¡Cerveza!…
—SÃ, cerveza; y si queremos vaciaremos también un barril. Las bodegas del marajá están siempre muy bien provistas.
El desgraciado agitó los labios, como si quisiese pronunciar algunas palabras, y en seguida desfalleció, como si le hubiese asaltado un sÃncope.
—¿Morirá? —preguntó el rajaputos.
—¡Ca!… Pronto le harán volver en sà los gritos horribles de estos malditos pajarracos. ¿OÃs? Ahora mugen como si fuesen toros. ¡Ah, qué extraños volátiles!