El falso brahman
El falso brahman —Mandémosle una al paria —dijo el cazador de ratas, con ironÃa—. Debe de estar muy hambriento y se tragará un coco casi entero.
—Las vaciaremos nosotros —contestó Kammamuri, sentándose junto a los cestos—. Déjalo padecer para que se decida a hablar.
—¿Y tú sigues confiando, sahib, en que de un momento a otro hablará?
—Ya lo verás.
—Un suplicio asà no lo resistirÃa ni yo mismo —dijo el rajaputo—. Esos condenados filósofos me han roto el tÃmpano, que resistió los estampidos de los grandes cañones ingleses.
—Pues parece que aún oyes —dijo Kammamuri, preparándose a asaltar la comida.
Hallábase trinchando un gran ánade que habÃa descubierto debajo de los panes, cuando se presentó Tremal-Naik, seguido de un joven indostano, que mostraba tener como unos veinte años, robusto como un batelero del Ganges, y de ojos inteligentÃsimos.
—¡Timul, el rastreador!… —exclamó al punto el maharato.
Miró a Tremal-Naik con algo de ansiedad, preguntándole:
—¿Hay novedades, patrón? ¿Y la rhani?