El falso brahman
El falso brahman —No perdáis de vista ni un solo instante al prisionero —dijo Kammamuri al cazador de ratas y al rajaputos.
—ConfÃa en nosotros, sahib —respondieron los dos valientes.
—Sobre todo, no le deis en manera alguna comida ni bebida. Y, además, procurad por ahora tener quietos los puños.
Cogió sus pistolas y siguió a Tremal-Naik a través de los inmensos salones del palacio. Timul, el rastreador, les acompañaba.
Ante el gran pórtico, sostenido por doce colosales columnas de piedra verde, el bravo elefante Sahur comenzaba a dar señales de impaciencia, lanzando de cuando en cuando un formidable barrito que resonaba como un trueno en las espaciosas salas del palacio.
El cornac, o conductor del animal, habÃa echado la escala de cuerda, colocándose después en su puesto, entre las orejas del paquidermo.
Los tres hombres subieron al castillete, cubierto por una elegante cúpula dorada, y envuelto entre grandes hojas de plátano para amortiguar el calor, que en aquel momento era intensivo, por ser poco después de mediodÃa.
—¿Cuándo han partido los soldados? —preguntó Tremal-Naik al cornac.
—Hará cerca de una hora.