El falso brahman
El falso brahman —Haréis bien, señor. Debemos aterrar profundamente a estos traidores que amenazan enviamos a todos al seno de Parvali, la diosa de la muerte.
—Primero hay que sorprenderlos.
—¡Bah! ¡Quién sabe!
—Veremos qué se debe hacer cuando hayamos regresado a nuestra capital. Entre tanto, y puesto que te has ofrecido como cocinero para mà y para los mÃos, nos prepararás los huevos.
—Señor, os vais a cansar de comer siempre huevos —dijo, riendo, Kammamuri.
—También comeremos frutas cogidas por nosotros mismos.
—No me fiarÃa yo de las frutas, señor Yáñez. Es muy fácil envenenar un plátano, inyectando con una sutil jeringuilla debajo de su corteza un poco de baba del cobra capelo.
—Me haces sentir frÃo, Kammamuri, a pesar de que el termómetro marca cuarenta grados, sin dejar de subir. Estas cosas no sucedÃan en Mompracem. ¡Qué! ¿Vuelven?
—Me parece que sà —respondió Kammamuri—. Estarán más furiosos que nunca, e intentarán volcar el carro.
—No son elefantes —contestó Yáñez—. ¿Están cargadas todas las carabinas?