El falso brahman

El falso brahman

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9. El incendio del palacio real

El elefante, al oír el acostumbrado silbido del conductor, trompeteó alegremente y se lanzó a medio trote por las calles de la capital.

Por ser mediodía, hallábanse muy pocas personas a las puertas de sus casas, y casi ninguna en medio de la calle, por no coger una insolación. Sahur, pues, podía correr cuanto quisiese sin peligro de aplastar bajo sus enormes patas a algún desgraciado.

Tremal-Naik, Kammamuri y el joven rastreador se habían acomodado a su placer dentro del haudah[40] o castillete, encendiendo sus cigarrillos y haciéndose aire con grandes abanicos de hojas de mango artísticamente entrelazadas.

La campiña iba rápidamente apareciendo desierta, pues alrededor de la capital sólo se extendían anchas acequias, alimentadas por un canal desviado del Brahmaputra, y llenas de formidables cocodrilos de corto hocico y mandíbula triangular, que hacen que se les clasifique entre los aligátores, avidísimos de la carne del hombre y del perro.

Al cabo de un rato, el cornac detuvo con un grito estridente a Sahur.

—¿Por qué nos detenemos aquí? —preguntó Tremal-Naik.

—Estoy viendo a los rajaputras, sahib.


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