El falso brahman

El falso brahman

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El rastreador obedeció prontamente, y todos, menos el cornac, bajaron a la orilla de la laguna.

Habían cogido sus grandes carabinas y sus pistolas de dos cañones, y también algunas botellas de cerveza, pues no podían fiarse de beber en las charcas, envenenadas por cadáveres que los indostaneses abandonaban allí con la vaga esperanza de que vayan a pasar al sagrado Ganges, y desde él, al nirvana o paraíso indostánico.

Cincuenta guerreros o rajaputos, todos bien barbudos y de formas atléticas, armados, aunque iban a pie, de lanza y de muchas armas de fuego, habían cercado poco a poco el pantano, cortando completamente la retirada a los misteriosos individuos que habitaban las cloacas y cazaban cocodrilos.

—Están cogidos en la ratonera —dijo Kammamuri a Tremal-Naik—. O habrán de quedarse a dormir en pie sobre las aguas fangosas y con los caimanes al hombro, o no tendrán más remedio que rendirse.

—Ya ves que he hecho bien en dar esta batida.

—Sí, patrón; pero yo no dejo de pensar en el prisionero. Es mi pesadilla, te lo aseguro. No parece sino que ha logrado magnetizarme a mí también.

—¿A un maharato?

—Tengo miedo de sus ojos.

—Ya no tiene más que uno.

—Y quizá sea ahora más terrible.


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