El falso brahman
El falso brahman —Tampoco te diré, Kammamuri, que yo esté tranquilo. Me parece que andamos sobre una mina de pólvora pronto a estallar.
—Yo no sé, patrón; pero desde hace algún tiempo se me antoja que los habitantes de la capital no guardan el mismo respeto que antes hacia el marajá y la princesa.
—Yo también lo he advertido —contestó Tremal-Naik, cuya frente se habÃa arrugado—. En todo esto anda la mano de Shindia. ¿Qué quieres? Los indostanos preferimos un tirano a un prÃncipe bueno y leal. Sentimos la fuerza de los rajás.
HabÃanse adelantado por el último trazo del dique, y reunido a los rajaputos, los cuales, como si fuesen verdaderas salamandras, desafiaban intrépidos la lluvia de fuego, fumando cigarrillos e impregnándose de los miasmas que exhalaban las aguas muertas, y que debÃan de estar cargados de fiebres, y aun tal vez de gérmenes del cólera.
Tremal-Naik se acercó al comandante de la media compañÃa y le dijo:
—Tú y tus hombres recibiréis doble paga con tal que no me dejéis escapar a los cazadores de cocodrilos.
—Ninguno pasará entre nuestras filas, sahib —respondió el guerrero—. Tenemos tomados todos los pasos, y si quieren volver a la ciudad, los prenderemos.