El falso brahman
El falso brahman El sol había traspuesto el horizonte en medio de una gran nube resplandeciente, y las tinieblas caían sobre el paisaje con la rapidez del rayo, como una bandada de cuervos. La luna comenzaba a mostrarse entre las altísimas plantas, preparándose a iluminar la campiña, con gran regocijo de los grillos, ranas y perros.
Un fresco viento empezaba a soplar desde las altas montañas del Septentrión, arrastrando rápidamente la intensa calina acumulada por el astro diurno.
Sahur corría lanzando de cuando en cuando un largo barrito y moviendo de un lado a otro su gigantesca testa.
Aspiraba el aire con fragor de trueno y lo proyectaba después sobre el conductor para refrescarlo.
Hacía tiempo que habían desaparecido los rajaputos y sus prisioneros. Por mucho que corriesen, no podían en manera alguna competir con la rapidez de un elefante.
Ya la capital, iluminada por los primeros rayos de la luna, comenzaba a descubrirse, cuando sobre uno de los baluartes retumbó de pronto un cañonazo.
Levantáronse a un tiempo Tremal-Naik y Kammamuri, mirándose el uno al otro con viva inquietud.
—¿Habrá estallado ya la revolución? —se preguntó el primero.
—Es muy pronto, patrón. Yo no creo que los mercenarios de Shindia estén ya reunidos.