El falso brahman
El falso brahman —Ya lo he visto, sahib —dijo el conductor, con voz algo alterada—. Y yo bien sé lo que arde. Mis ojos no me engañan.
—¿Qué arde? Responde pronto.
—El palacio del marajá.
—¿No te equivocarás?
—No, sahib. El cornac no se engaña —dijo el joven rastreador Timul, que se habÃa también puesto en pie y miraba con extrema atención.
—¡Otra traición! —gritó Tremal-Naik, palideciendo.
—¡Aprisa, aprisa!…
—No quiera Sivah que arda también el prisionero —dijo Kammamuri—. Me lanzaré dentro del fuego, y vivo o moribundo lo sacaré fuera. ¡Pronto, cornac, pronto!
Sahur, herido repetidas veces y demasiado brutalmente por la aguijada de acero, se habÃa lanzado en carrera desenfrenada, zarandeando horriblemente a los hombres que ocupaban el castillete.
CorrÃa más que un caballo a todo galope, alargando sus enormes zancas para abarcar más terreno, y respirando fragorosamente.
Ya no distaba más que algunos kilómetros del baluarte meridional donde se hallaba el gran puente levadizo.