El falso brahman
El falso brahman Tremal-Naik, Kammamuri y aun Timul, poseídos de verdadera angustia, tenían los ojos fijos en la gran nube de humo, que empezaba a teñirse de rojo.
La brisa nocturna, bastante fuerte, la alargaba y encogía bruscamente, como si fuese una inmensa vela, haciendo subir a lo alto continuos surtidores de chispas.
Una luz siniestra iluminaba ya el cielo, disipando las tinieblas. La luna, ante aquella claridad intensa, parecía haberse escondido como si tuviese miedo de abrasarse sus famosos ojos, su no menos famosa nariz y su vasta boca.
En pocos minutos Sahur, que aceleraba cada vez más su carrera, obediente a las excitaciones del conductor, llegó al puente levadizo y lo atravesó de un vuelo, a riesgo de arrollar a los soldados que custodiaban el baluarte.
Del centro de la ciudad se levantaba un griterío ensordecedor, mezclado con redobles de tambores y rebato de campanas.
La gente pasaba a la carrera junto al elefante, moviendo desesperadamente los brazos e invocando a grandes voces las tres supremas divinidades de la India.
—¿Qué es lo que arde? —preguntaron Tremal-Naik y Kammamuri.
—El palacio de la rhani —respondieron aquellos hombres, quedándose al punto rezagados.