El falso brahman
El falso brahman Kammamuri, sin ocuparse de su patrón, se echó la escala de cuerda, la bajó como un rayo, hendió impetuosamente el gentío, aullando como un condenado, y se metió por el vasto portal del cual salía un huracán de nubes de humo.
—¡El prisionero! ¡Mi prisionero! —gritaba.
Comenzaban a caer las techumbres con fragor inmenso, amenazando arruinar también el piso inferior, pero Kammamuri estaba decidido a todo. Además, estaba seguro de que el fuego no habría llegado aún al subterráneo, aunque acaso sí el humo.
Habíase lanzado a la carrera, tapándose la boca con un pañuelo de seda para no respirar aquel aire inflamado, y estaba ya a punto de bajar la escalera cuando tropezó impetuosamente con dos hombres.
El uno era el cazador de ratas, y el hercúleo rajaputo; el otro, el cual llevaba sobre sus robustas espaldas al paria, ya medio asfixiado por el humo que había llegado hasta los subterráneos.
—Llegas a tiempo, sahib —gritó el baniano—. Si tardamos un cuarto de hora en salir, morimos todos juntos con los filósofos.
—¿Vive aún el prisionero? —preguntó ansiosamente el maharato.
—El, sí; pero tus condenados pajarracos, sahib, han muerto todos.