El falso brahman
El falso brahman Tremal-Naik y Kammamuri encontraron al portugués entre las bombas, con su inseparable cigarrillo en los labios.
Ni aun la destrucción de su palacio le habÃa impedido mezclar algunas bocanadas de humo perfumado con el negro y hediondo que vomitaban sin cesar las ventanas.
Mostrábase, sin embargo, extremadamente nervioso. Iba y venÃa dando órdenes, pero después se detenÃa como si se hubiese derrumbado toda su extraordinaria energÃa.
—¡Hola, Yáñez, amigo mÃo! —le dijo Tremal-Naik—. Nunca te habÃa visto tan agitado, ni siquiera cuando luchabas en tremendas batallas con la muerte ante los ojos.
El portugués tiró rabiosamente el cigarrillo y dijo:
—Ya sabrás que se trata de mi mujer.
—¿No quedó dentro del palacio?
—Ya te he dicho que no; la han visto salir pocos minutos antes de estallar el incendio.
—¿Pero no cuidabas tú de ella?
—Me habÃan llamado los ministros para importantes asuntos de Estado. ¡Que el diablo se lleve todos los Estados con todos sus organismos, que ya no funcionarán nunca como quieren los pueblos!