El falso brahman
El falso brahman Nunca era menester decírselo. Los cebús, pinchados hasta brotar sangre por la larga aguijada, emprendieron una carrera infernal, tratando de alcanzar a Sahur, el cual, con sus inmensas zancas, había tomado tal portante, que ya no se le descubría. Sólo de cuando en cuando se oían a lo lejos sus barritos, que se iban debilitando rápidamente.
La muchedumbre, que llenaba todavía las calles, abría prontamente paso a la rica carroza del marajá, saludando a este con respeto; pero estos saludos ya no le parecían a Tremal-Naik los mismos de otro tiempo. La población, que había saludado con grandes fiestas la coronación de la rhani, y la prisión de aquel loco alcoholizado de Shindia, debía de haber sido soliviantada quién sabe por qué traidores, salidos de las cloacas o de otros escondites lejanos.
Sin duda había conjurados que tramaban la destrucción del Imperio assamés, como Yáñez quiso llamarlo para infundir más respeto a las naciones vecinas, siempre dispuestas a rebelarse.
En menos de un cuarto de hora recorrió el carruaje su camino y se detuvo ante la quinta o palacete de Rampur, donde ya se hallaba Sahur devorando un buen pienso de cañas de azúcar y hojas de ficus religiosa[42].