El falso brahman

El falso brahman

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El rastreador, que había ya recorrido más de quinientos metros, apartando siempre el polvo y olfateando como un verdadero podenco, se había levantado, y dejando la linterna, hallábase con las manos en las caderas mirando en derechura hacia delante.

Kammamuri, que precedía andando al ratt, se reunió con aquel, y dándole un leve empujón, le dijo:

—¿Estarás tú también hipnotizado?

—No, sahib —respondió el joven sonriendo—. Aquí no veo los ojos de aquel hombre, y, además, no tiene ya más que uno.

—¿Qué buscas, pues?

—Creo haber descubierto ya la dirección exacta tomada por la princesa; te aseguro, sahib, que ha salido de la ciudad.

—¿Ha dejado la capital? —preguntó Kammamuri, sobresaltado—. Entonces la han robado.

—No; si tal hubiere sucedido, habría descubierto otras huellas sospechosas; mientras que, al contrario, en torno a las de la rhani, sólo he advertido las de los pies vulgares del vecindario.

—¿No te engañarás?

—No, sahib.

—En ese caso, ¿adónde habrá ido? —preguntó el cazador de ratas, no menos inquieto que el maharato—. ¿Le habrá ordenado ese bandido que se esconda en algún bosque?


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