El falso brahman
El falso brahman —Sahib —dijo, mirando a Kammamuri con ojos extraños—. Esta inmensa abertura que arroja aguas sucias, ¿adónde conduce?
—A las cloacas.
—¿Las conoces tú?
—Las conoce palmo a palmo el baniano, que ha pasado aquà las noches durante muchos años.
—Pues bien; la princesa ha penetrado bajo esta bóveda tenebrosa.
—Aquà ya no hay polvo. ¿Cómo lo sabes?
—Lo presiento —respondió lacónicamente el joven.
—Hemos sido unos imbéciles —dijo Kammamuri, dando un puñetazo en el aire.
—¿Por qué sahib?
—Debimos haber traÃdo dos perros del Tibet.
—¿Acaso no basto yo? Quizá olfateo mejor que ellos.
Atizaron las linternas y se introdujeron bajo la inmensa bóveda cargada de miasmas, siguiendo la orilla izquierda de la corriente fangosa.
Timul avanzaba ahora con mayor precaución. Inclinábase con más frecuencia sobre la larga margen de piedra y parecÃa reflexionar con cuidado.
¿Dudaba? Quizá no, pero en medio de aquella intensa oscuridad, sentÃase como extraviado.