El falso brahman
El falso brahman —Eso me preocupa a mà también —dijo el cazador de ratas—. La rotonda será sin duda la última que se inunde, pues se encuentra sobre el canal central, ¿no lo recuerdas, sahib?
—Yo no vi más que tinieblas, y por eso no pude observar nada —respondió el maharato—. Si lo dices tú, que has habitado aquà tantos años, te creo.
Timul, entretanto, continuaba apretando el paso, asustado también por los truenos que retumbaban dentro de las galerÃas como cañonazos de marina.
En algunas galerÃas, que bajaban hasta el conducto central, oÃase ya el rumor de las aguas.
RecogÃanse allà para caer después con violencia en el negro y pestilente rÃo y darle un poco de movimiento.
De las bóvedas caÃan de cuando en cuando piedras, que se rompÃan en pedazos, como si fuesen bombas cargadas de pólvora.
HabÃan transcurrido otros diez minutos y los tres hombres continuaban corriendo, cuando el canal fue inundado de pronto por un torrente de agua amarillenta cargada de arenas arrojadas por los pequeños conductos.
—¡Aprisa! —gritó el cazador de ratas—. Estamos a punto de ser arrastrados al rÃo de inmundicias.
Púsose a la cabeza del grupo. El rastreador era ya inútil, pues las huellas de la rhani habrÃan sido borradas por las aguas que irrumpÃan con creciente furia.