El falso brahman
El falso brahman —El huracán no aparenta ceder. Ha sido un verdadero ciclón.
—Quizá es más el estruendo que la fuerza —respondió el cazador de ratas.
—¡Pobre señor Yáñez! ¡Qué noche tan terrible para él!
HabÃanse cogido de la mano para resistir mejor las aguas que venÃan cada vez con más furia de la rotonda, distante apenas unos centenares de pasos.
Evitaron con gran fatiga otra corriente de agua que bajaba de una tenebrosa galerÃa, y avanzaron rápidamente, llevando bien altas las linternas, para que las salpicaduras no apagasen las luces.
—¡Hemos llegado! —gritó el cazador de ratas—. Otro esfuerzo y, si el rastreador no se ha engañado, encontraremos a la princesa.
Empujándose recÃprocamente, luchando furiosos con las aguas, que amenazaban siempre arrastrarlos y hundirlos en el rÃo fangoso, entraron por fin en la vasta rotonda.
Del pecho de Timul brotó de repente un grito.
—¡La princesa!… ¡No me equivoqué!
—¿Vive aún? —preguntó Kammamuri, saltando hacia delante.
—Pero… ¿dónde descansa? Sobre una enorme tortuga terrestre, semejante a las que viven en las cavernas de las altas montañas del Himalaya.