El falso brahman
El falso brahman —¿Y después el infame os mandó que vinieseis aquà a esconderos?
—SÃ.
—¿Cómo habéis llegado sin caer al agua?
—ParecÃame que alguien me guiaba y tal vez me sostenÃa.
—¿Qué maleficio tiene, pues, aquel perro en sus ojos? —aulló Kammamuri, rechinando los dientes—. Pero esto va a acabar, porque el otro ojo se lo sacaré yo con un punzón.
La rhani se habÃa abandonado entre sus brazos como si estuviese sumida en una especie de letargo, pero sus párpados permanecÃan levantados.

—¿Podemos irnos? —preguntó Kammamuri, volviéndose hacia el cazador de ratas, que se habÃa sentado tranquilamente, al lado de Timul, sobre el enorme caparazón de la tortuga.
—Es demasiado tarde, sahib —respondió el baniano—. Tenemos que esperar a que toda esta agua halle salida; de lo contrario, seremos arrastrados hacia el rÃo de basura, sin esperanza alguna de salvarnos.
—¡Y el huracán continúa!
—Demasiado, sahib —respondieron los dos hombres, abandonando sus puestos y volviendo a sumergirse en el agua hasta los muslos.
—¿Será un ciclón?