El falso brahman
El falso brahman —Después te irás, querida —dijo el baniano—. Ningún mal te haremos, pues te estamos muy agradecidos.
Bajó del caparazón y comprobó con viva alegrÃa que el agua le llegaba ya sólo hasta las rodillas.
—Me parece que ha llegado la hora de que volvamos a la superficie del suelo. ¿Quieres que te ayude, sahib, a conducir a la rhani?
—No es necesario —respondió Kammamuri, bajando a su vez con gran cuidado—. Encargaos solamente de mi linterna, que no puedo llevar yo.
Miraron por última vez al gigantesco reptil, que se habÃa puesto en movimiento y giraba en tomo a la rotonda, y atravesaron el canal de descarga, penetrando en el principal.
Dentro de la cloaca oÃase un estruendo enorme de aguas. El rÃo central, extraordinariamente engrosado, habÃa abandonado su pereza y corrÃa agitado, estrellándose una y otra vez rabiosamente contra las márgenes.
Olores pestilentes, casi asfixiantes, se alzaban invadiendo todas las cloacas.
Los tres indostanos apretaron el paso, ansiosos de llegar al sitio donde habÃan dejado la escala; pero de cuando en cuando tenÃan que aflojar a causa de pequeñas piedras, caÃdas de la vieja bóveda, que embarazaban el camino.