El falso brahman
El falso brahman El elefante, enardecido también por los gritos de los sikaris, que conocía muy bien, y un poco borracho por el olor de la pólvora, pues los disparos continuaban desde el carro haciendo gran estrago entre los búfalos, aumentaba más y más en cólera, Embestía y volvía a embestir a la desesperada, esgrimiendo siempre su trompa, que caía sobre los robustos lomos de los búfalos con fragor de tiros de espingarda.
Los testarudos hijos de las húmedas selvas, más que diezmados por el fuego de las carabinas y pistolas, y por los tremendos golpes de la trompa, intentaron un nuevo ataque desesperado, y al cabo volvieron grupas y huyeron, internándose en la espesura.
Quince o dieciséis de ellos habían quedado sobre el terreno. Otros tres o cuatro estaban expirando, mugiendo desesperadamente y tirando coces.
—¡Hemos terminado! —exclamó Yáñez, después de disparar por última vez la carabina sobre la manada fugitiva y ya del todo desorganizada—. ¡Buenas municiones hemos gastado para dar de comer a los tigres y a los chacales!
—¿Cómo, señor? —preguntó Kammamuri—. ¿No haréis por lo menos cortar la lengua a los muertos? Bien sabéis que son exquisitas.
—Tengo prisa por regresar a la capital.