El falso brahman
El falso brahman —Entonces, déjame que te preceda con la linterna. No olvides que falta un paso.
—No lo he olvidado, y eso es lo que me preocupaba.
—Estaré yo pronto a ayudarte.
El cazador de ratas cogió las dos linternas y avanzó intrépidamente sobre la escala, sin preocuparse del terrible estruendo de las aguas lanzadas en carrera desenfrenada.
¡Cuántas inundaciones habÃa visto él en aquellas cloacas, y cuántas veces se habÃa salvado por sólo un milagro!
La peligrosa travesÃa se hizo en menos de un minuto, y los tres hombres, con la princesa, se hallaron en la otra orilla, que conducÃa a la salida del gran canal, junto a la vieja mezquita en ruinas.
—Nos hemos salvado por fin —gritó el baniano.
—Escapemos antes de que el rÃo se desborde.
Lanzáronse a toda carrera, saltando algunas veces sobre peñascos enormes caÃdos de la bóveda a consecuencia de aquel retumbar de truenos, y descubrieron una luz tenue.
Por fuera alboreaba, y el ciclón, con la misma rapidez que habÃa estallado, habÃase deshecho, no sin haber causado graves daños en los barrios pobres, cuyas cabañas habÃan sido arrastradas como si fuesen hacecillos de paja.