El falso brahman

El falso brahman

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—Ese nombre lo conocía sólo el brahman, ¿verdad, patrón?

—Sí, Kammamuri.

—Entonces es preciso que viva. En cuanto a la pérdida de la vista, nada me importa. Puede hablar sin ver.

—¡Ah, no! —dijo Yáñez—. Primero tiene que despertar a Surama. Me espanta que mi mujer tenga que estar siempre magnetizada y sujeta a mandatos incomprensibles.

—Tienes razón, Yáñez —dijo Tremal-Naik—. Primero debe liberarla del fluido magnético.

—Entonces, dejadme obrar a mí —dijo Kammamuri.

Aproximóse al lecho sobre el cual yacía el brahman o paria, como queramos llamarlo. El desgraciado, rendido de sueño, de hambre y sobre todo de sed, se hallaba en un estado deplorable. Pero su único ojo lanzaba todavía destellos misteriosos, intentando fascinar a los tres hombres. Kammamuri cogió de una mesilla una botella de cerveza y un gran vaso, y destapó aquella delante del prisionero, diciéndole:

—Si mandas despertar a la rhani, te daré a beber este vaso de cerveza.

Un ronco silbido salió del pecho del prisionero, y pareció crecer la extraña luz de su mirada.

—¿Me has entendido?


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