El falso brahman
El falso brahman —Al menos algunas lenguas, para demostrar que hemos matado realmente a estos búfalos, ante los cuales tanto pavor sienten aun los más audaces cazadores.
—Te concedo un cuarto de hora, el tiempo necesario para enganchar a Sahur al carro. SÃrvete de los sikaris, y hazlo pronto.
Los siete hombres saltaron a tierra, armados de hachas y cuchillos, mientras Yáñez ofrecÃa al elefante un puñado de terrones de azúcar.
—¿Sabes, cornac —dijo—, que tenemos un elefante maravilloso? No creÃa yo que estos coomareahs fuesen tan capaces de atacar a los bisontes. Un merghee no se habrÃa, ciertamente, atrevido.
—Asà lo creo yo también, alteza —respondió el indostano, acariciando al coloso, al cual continuaba Yáñez dándole azúcar y panecillos con manteca—. Tengo para mà que es este el mejor elefante que poseemos.
—Basta; engancha y regresemos a escape a la capital. Tengo mucha prisa, cornac.
—Sahur estará pronto dispuesto, y correrá como un caballo.
—A tierra, pues, y examina primero las cadenas del tiro, porque el carro es pesadÃsimo.
—Dentro de cinco minutos estaremos andando, alteza.