El falso brahman

El falso brahman

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12. La pagoda de Kalikó

Diez minutos después, Yáñez, Tremal-Naik, la princesa, que tenía al niño en los brazos, y que parecía no haber sufrido jamás aquel misterioso fluido magnético, y finalmente Kammamuri, hallábanse reunidos en una cómoda salita amueblada a la inglesa.

Los dos cocineros del palacete, informados ya de que el marajá y sus compañeros deseaban almorzar, habían preparado la mesa, adornándola con muchas flores.

De las cocinas salían excitantes olores esparciéndose hasta la sala, con gran contrariedad de Yáñez, que, por miedo a sufrir la muerte de sus ministros, se había jurado no comer más que huevos abiertos por sus propias manos y cocos partidos en su presencia.

—Mirad a qué extremos está reducido un marajá —exclamó, dando un puñetazo sobre la mesa—. Ni siquiera puede satisfacer su hambre.

—¿Pero temes que nos envenenen también a nosotros? No se atreverán, señor —dijo Surama.

—La traición nos rodea por todas partes, querida, y no se sabe lo que nos preparan los mercenarios de Shindia, que parecen ser todos parias. Conocen demasiado bien los venenos.

—Te repito que no se atreverán.

—Y yo te digo, reinecita mía, que lo mejor es no fiarse.


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