El falso brahman

El falso brahman

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—Silencio ahora, Surama —dijo Yáñez—. Después reanudaremos esta interesante conversación.

Habíase abierto la puerta, y los dos cocineros, seguidos de cuatro criados y de los dos perros del Tibet que habían sido salvados del incendio con los elefantes, entraron, llevando sobre grandes fuentes de plata toda suerte de viandas.

—Lo siento por vosotros —dijo Yáñez—, pero todos estos manjares deben volver a la cocina excepto un pudding que quiero dar a los perros. Traednos solamente huevos y nueces de coco. Aquí hay botellas de vino bien lacradas y nos las serviremos nosotros.

Tal fue el estupor de los dos pobres cocineros, los cuales durante una hora larga se habían estado asando ante los hornillos para preparar las viandas, que por poco dejan caer al suelo todo su trabajo culinario.

—Alteza —dijo por fin, reponiéndose, el más viejo—. No parece sino que teméis alguna traición de nosotros.

—No, de vosotros no —respondió en seguida Yáñez—. Ya sabemos que sois dos fieles vasallos; pero no me atrevo a comer vuestros condumios, si no los he visto guisar en mi presencia.

—No tenéis razón, alteza; pues aquí no ha entrado ningún envenenador. Bien sabéis que el palacete está cercado de rajaputos.


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