El falso brahman
El falso brahman —Déjalo ahora —dijo Tremal-Naik—. Veremos lo que hace el perro.
En aquel momento, Yáñez se alzó de su asiento gritando:
—¡El perro ha muerto de repente!…
En efecto, el pobre animal, después de haber encogido bruscamente la cola y bostezado largo tiempo, mostrando su terrible dentadura, se desplomó de golpe sobre un costado, y quedó completamente inmóvil.
—¡El pudding estaba envenenado! —gritó Yáñez, apuntando a los dos cocineros con sus pistolas—. ¿Quién ha sido?
—Alteza —dijo el primer cocinero, que temblaba como la hoja en el árbol y sudaba como si acabase de salir de un horno—. No puede haber sido más que ese muchacho.
—Lo llevaré a los elefantes —dijo Kammamuri—, para que se entretengan un rato en jugar con él a la pelota.
—Nada de eso —dijo Tremal-Naik—. Antes debemos averiguar con qué enemigos nos las habernos. Parece que se han introducido aquà también.
—Tremal-Naik, te debemos la vida —dijo el portugués.
Después se acercó al mozo, fijando sobre él una mirada.