El falso brahman
El falso brahman En aquel punto, el soberbio pavo se recogió todo sobre sà mismo, agitó por última vez la cola, mostrando sus matices, y en seguida cayó como herido por un rayo, lo mismo que el moloso.
—¿Te atreverás tú ahora —dijo Tremal-Naik volviéndose al pinche— a tragar una sola gota del lÃquido contenido en el frasco?
—Ahora, no, señor —balbució el muchacho, cerrando los ojos y poniéndose intensamente pálido—; pero antes, sÃ; porque yo creÃa de buena fe que el lÃquido debÃa dar mejor sabor a las viandas.
—¿Y no has concebido nunca la menor sospecha de que el frasco podÃa contener veneno? —preguntó Yáñez.
—No, marajá.
—¿Te dio aquel faquir algo para que tú le obedecieses?
—SÃ, un mohr, de oro, que aún conservo y que estoy dispuesto a entregaros.
—¿Has vuelto a ver a aquel hombre?
—Nunca.
—¿SabrÃas reconocerlo?
—Si lo encontrase, sÃ; porque su fisonomÃa se me quedó profundamente grabada.
—O eres un gran zorro, como me inclino a creer —dijo Tremal-Naik—, o el mayor imbécil que se halla no sólo en todo el Assam, sino en toda la India.