El falso brahman
El falso brahman Los sikaris y Kammamuri subieron al vehículo, llevando las lenguas de los búfalos, que amontonaron en un ángulo, cubriéndolas con un trozo de tela, para preservarlas de las moscas, que en los bosques indostánicos son muy grandes y voracísimas.
Después, y mientras Yáñez encendía su inseparable cigarrillo, el elefante, a un grito de su conductor, recogió todas sus fuerzas y dio un tirón violento que hizo poner en tensión las cadenas.
El enorme carro, que tenía sus cuatro ruedas medio hundidas en la tierra blanda y esponjosa, permaneció inmóvil un momento; pero al tercer empujón del bravo elefante saltó como si hubiese sido arrancado, y se puso en camino a través del espeso bosque, que comenzaba a oscurecerse por la cercana puesta del sol.
—No creí que íbamos a detenernos tanto —dijo Yáñez, que continuaba fumando sentado sobre una caja llena de víveres y botellas—. Y, sin embargo, salimos muy de mañana. ¿No es verdad, Kammamuri?
—Apenas se veía, alteza.
—¡Que el diablo se lleve en sus infernales alforjas a ti y a todas las altezas que reinan en la India!
—No soy aún muy viejo, señor Yáñez —dijo, riendo, el maharato—. Antes de irme al otro mundo quisiera volver a ver los bosques de Sunderbund y la isla de Mompracem.