El falso brahman
El falso brahman —¿Y qué vas a buscar en el Sunderbund? A los thugs los hemos exterminado.
—¡Hum! —exclamó el maharato—. Muchos hemos cogido en las galerÃas subterráneas, que no habrán vuelto a cobijar a ninguno. Pero que los hayamos destruido a todos, no lo aseguraré.
—¡Cuerpo de Júpiter! —exclamó el portugués, arrojando el cigarrillo para encender en seguida otro—. Me estás metiendo el corazón en un puño.
—Explicaos.
—¿Quieres, acaso, decir que Shindia ha ido a buscar apoyo en los estranguladores?
—Todo es posible en este paÃs, señor Yáñez —dijo Kammamuri, que se mostraba asaz preocupado.
El prÃncipe permaneció un momento en silencio, fumando con mayor furia; después dijo:
—No lo creo. Aquà se trata de envenenamientos y no de estrangulaciones. Los thugs no deben de intervenir para nada en este asunto; y, además, están ahora dispersos, y los persigue la policÃa inglesa como a perros rabiosos, fusilándolos sin proceso. Los que aquà intervienen son los dacoitas, estoy seguro. Tú, que eres de la India, dime algo acerca de quiénes son estos personajes.
—Parecidos a los thugs, señor Yáñez —respondió Kammamuri—. Y quizá sean aún más peligrosos.
—Serán una canalla…