El falso brahman
El falso brahman —¡Y qué canalla! Constituyen verdaderas bandas de ladrones y bandidos, astutos, audacÃsimos y más listos que el cobra capelo en envenenar a sus vÃctimas. Operan principalmente en el Bundelkund[1]; pero no me sorprenderÃa que un grupo de esos bandidos se hubiese puesto a sueldo de Shindia.
—¡Shindia! —exclamó Yáñez, tirando el segundo cigarrillo y arrugando la frente—. Tú, pues, ¿crees que ha huido del manicomio de Calcuta, donde Surama le habÃa instalado con un lujo más que principesco? ¿Querrá reconquistar su imperio? ¡Ah! No soy hombre para dejar caer la corona que brilla en la hermosa frente de mi esposa.
—¡Por la muerte de Visnú!… ¿No hemos recobrado a Mompracem, a pesar de todos los cruceros ingleses? Por eso debÃais llamar, señor Yáñez, a nuestra corte una cincuentena de aquellos tremendos e incorruptibles malayos.