El falso brahman
El falso brahman —¿Y por qué no los hemos de traer? —dijo Yáñez, que se habÃa quedado pensativo—. Entre Calcuta y Labuán hay hoy un buen cable submarino. Un despacho tardará lo más una hora; los malayos apenas tardarán en llegar aquà quince dÃas, pues ahora Sandokán, aunque conserve sus paraos, ha dado la preferencia al vapor. ¡Por Júpiter! Estoy más inquieto de lo que tú imaginas. ¡Los dacoitas en mi imperio! ¡A todos los que coja los haré fusilar! ¿Fusilarlos?… ¡Tampoco! Los haré poner a la boca de los cañones y lanzaré por los aires los pedazos de su carne mezclados con sus huesos.
—¡Señor Yáñez, os volvéis feroz, como el Tigre de la Malasia!…
—Debo defender a mi mujer y a mi hijo —respondió el portugués con voz grave—. No escatimaré castigo alguno contra los envenenadores. ¡Tres ministros en un mes!… ¡Rayos de Júpiter, son demasiados! ¿Cómo estoy yo aún vivo?
—No os han envenenado, porque les inspiráis mucho terror; y, además, sabéis que Tremal-Naik vigila cuidadosamente.