El falso brahman
El falso brahman —Un poco de veneno de cobra capelo dejado caer en una botella o heladora, serÃa más que suficiente para quitarme para siempre el vicio de fumar. ¡Por Júpiter! Quiero descubrir por completo este misterio. Si son los dacoitas, que obran por cuenta de Shindia, no tendrán cuartel. Gastaremos la pólvora en destrozar cuerpos humanos indignos de vivir. Primero, los thugs; ahora, los dacoitas. ¡No es mala guerra! Esto me divertirá más que la caza de búfalos y tigres. Cornac, si puedes, apresura el paso.
—Bien, alteza. Ya aguijoneo a Sahur. Pero la selva es muy espesa y el carro demasiado grande. El primer camino se ha perdido; mejor dicho, lo han borrado los jungli-kudgias.
—Los bisontes, querrás decir.
—SÃ, alteza.
—Llegaremos a la ciudad ya de noche.
—Apenas salgamos del bosque, haré lo posible para llevar a Sahur, si no a la carrera, por lo menos a buen paso —respondió el cornac.
El enorme carro avanzaba crujiendo y oscilando como una nave embestida por fuertes olas. Al violento empuje del elefante, constreñido a abrirse un nuevo camino a través de la espesa vegetación, los maderos, aunque bien clavados, amenazaban desunirse y dar al traste con todo aquel castillo rodante.