El falso brahman
El falso brahman Un destacamento de soldados, vestidos con el pintoresco traje de los cipayos[20], todo resplandeciente de plata, presentó armas a Yáñez, que respondió afablemente con un «buenas noches, muchachos».
En seguida fueron sacados de una casamata ocho caballos enjaezados a la turca, con los estribos cortos y las gualdrapas flamantes.
Yáñez y sus hombres abandonaron el carro, montaron a caballo y partieron a todo galope, gritando a sus cabalgaduras: «¡Vivo, vivo!».
Las calles estaban aún iluminadas, pues la rhani o princesa de Assam había regalado a sus súbditos una especie de alumbrado nocturno formado por melancólicos y pintorescos farolillos chinos.
Al paso del príncipe, todos se hacían a un lado, saludándole respetuosamente, de manera que en menos de cinco minutos llegó el grupo de jinetes ante el palacio real, un edificio todo de mármol, de dimensiones gigantescas, y con cúpulas, terrazas y vastísimos parques.
Yáñez saltó ágilmente a tierra y subió a toda prisa la escalinata, seguido de Kammamuri.
Al primero que vio fue a Bindar, el valeroso jinete, que con sus evoluciones divirtió la atención de los búfalos y los alejó por un momento del carro.
Sin duda se había salvado milagrosamente de aquel grave peligro, pues no presentaba herida alguna.