El falso brahman
El falso brahman —Te engañas, amigo. Los asesinos sienten casi siempre una imperiosa necesidad de volver a ver el sitio donde cometieron su crimen.
Yáñez dio a sus tres ministros las buenas noches, y salió de la estancia precedido de dos mussalchi[23] o criados, que llevaban linternas monumentales.
Atravesó varias galerÃas, todas resplandecientes de armas dispuestas en grandes grupos muy artÃsticos, después otras salas inmensas, débilmente iluminadas, y se detuvo delante de una puerta, diciendo a los portadores de las linternas:
—Retiraos. No tengo ya necesidad de vosotros.
Los dos mussalchi hicieron una profunda reverencia, tocando casi con sus frentes las brillantes y bien pulidas baldosas, y Yáñez, haciendo girar bruscamente el picaporte, penetró en un elegante saloncito, a lo largo de cuyas paredes, cubiertas de seda azul, habÃa numerosos divanes, e iluminado por una lámpara que esparcÃa en torno de sà como una luz lunar.
Se acercó a otra puerta, en cuyo umbral se hallaba colgado un gong, especie de instrumento musical usado por los asiáticos, tomó un martÃllito de madera e hizo resonar tres veces el instrumento, que produjo un fragor infernal.
Un momento después, se abrió casi violentamente la gruesa puerta, y apareció la rhani, su mujer, presa de vivÃsima agitación, gritando: