El falso brahman

El falso brahman

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—¡Oh, esposo de mi alma! ¡He temblado por ti!

La princesa de Assam era una espléndida mujer, que apenas contaba veinticinco años, de piel ligeramente bronceada, de facciones dulces y finas, ojos profundos y negrísimos, y cabellos aún más negros, muy abundantes, y entretejidos con rojas flores de mussenda[24], y con sartas de perlas de los bancos de Manahar.

Yáñez abrió sus robustos brazos y estrechó contra su pecho a la hermosísima princesa.

—¡Oh, dueño mío! —exclamó Surama, dejándose casi llevar hasta una otomana de poca altura, toda resplandeciente de oro y con grandes bordados almohadones de varios colores.

—Cuando tú, virgencita mía, me ves coger el fusil, te pones inquieta —dijo Yáñez riendo—. Pero nunca voy solo y, además, bien sabes que los tigres más feroces, aun los solitarios, no han tenido jamás buena suerte conmigo.

—Descuidas, dueño mío, los asuntos de nuestro Estado.

—¿No ves que tenemos ministros que devoran mil rupias al año para dejarse después envenenar estúpidamente? Y además, bien sabes que tengo la sangre ardiente como los tigres de la Malasia. ¿Y Soárez?

—Está durmiendo.

—¿Quién lo vela?


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