El falso brahman

El falso brahman

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—Su ama. La puerta de su habitación está atrancada, y por fuera hacen centinela dos guardias nobles con dos molosos del Tibet. Nadie osará acercarse.

—Lo creo. Esos perros del Tibet son tan fuertes que espantan hasta a los osos. Vamos a ver a nuestro hijo.

—No hagas ruido; duerme.

—Descuida, que le dejaré dormir tranquilo —respondió Yáñez.

Levantáronse, continuando casi abrazados, y abrieron la puerta, oculta, en parte, por una cortina de pesado brocado.

Halláronse en una estancia apenas iluminada, con las paredes cubiertas de seda blanca y el pavimento de ricos tapices de delicadas tintas, originarios de Cachemira, y con divanes que la rodeaban en todo su ámbito.

En el medio, en un cama de hilo de plata, de forma parecida a un pez, y cubierto por una levísima muselina, dormía el hijo de los soberanos de Assam.

Yáñez alzó la muselina y contempló al niño, que dormía plácidamente con un brazo extendido como si empuñase algún arma.

No tenía más que dos años, pero estaba ya muy desarrollado para su edad. Su piel era ligeramente traslúcida, con los reflejos de madreperla que suelen hallarse en los semblantes de los criollos americanos de Cuba y Puerto Rico, a causa del cruzamiento de la sangre.


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