El falso brahman
El falso brahman Sus cabellos eran negrÃsimos, como los de su madre, todos anillados y ya muy largos.
—DirÃase que sueña en futuras batallas —dijo Yáñez, dejando caer blandamente la muselina.
Su manecita temblaba como si empuñase una carabina.
—Tu hijo, dueño mÃo, llegará a ser algún dÃa un gran guerrero —dijo Surama—. Nosotros no sabremos domar los Ãmpetus de su sangre.
—Se lo mandaremos a Sandokán, si este valiente vive todavÃa. ¡Hasta los tigres de la Malasia envejecen! —dijo Yáñez con un suspiro.
—Ese vivirá cien años.
—Dios te oiga, Surama.
Ciñó con un brazo su delgado talle y la condujo a su despacho. HabÃase tomado muy serio.
—¿Sabes, mujercita mÃa, que nuestro Estado comienza a caminar mal? Alguna rueda tiene dañada, que es preciso arreglar muy pronto, o moriremos todos envenenados.
—Estoy aterrada, Yáñez; no dejo nunca de temblar por ti y por nuestro hijo.
—Y yo por ti, Surama. Ahora es a nuestros ministros a los que se les manda a pasear por ese paraÃso de donde no se vuelve nunca; pero mañana, o dentro de un mes, ¿no nos tocará la vez a nosotros? Estos crÃmenes me han impresionado hondamente.