El falso brahman
El falso brahman —Y, sin embargo, el pueblo nos ama, Yáñez.
—No te digo lo contrario, pero el pueblo nada tiene que ver con esos misteriosos envenenadores.
—Tú tienes una sospecha, señor. Lo leo en tus ojos.
—SÃ; sospecho que Shindia ha huido de Calcuta después de haber recobrado la razón, y ahora intenta, a su vez, arrebatamos la corona.
—También ese nombre ha acudido muchas veces a mis labios. Shindia debe de ser tan pérfido como su hermano, el que, por divertirse, fusilaba a sus parientes.
—¿Y qué me aconsejas hacer?
—Manda a Kammamuri a Calcuta a averiguar si Shindia se encuentra allà todavÃa o si se ha escapado.
—Bien; y demás, le daré otro encargo —dijo Yáñez, que se habÃa levantado bruscamente y comenzado a pasear por la estancia—. Le haré expedir un despacho cifrado a Labuán, para que acudan aquÃ, cuanto antes, Sandokán y sus invencibles guerreros. Con ellos y con los montañeses de Shadia, que siempre te son fidelÃsimos, obligaremos a tascar el freno a ese loco sanguinario.
—¿Quieres hacer venir a Sandokán?
—Creo que es necesario, mujercita mÃa. Nuestro trono se bambolea demasiado. Dentro de veinticinco dÃas los tigres de Mompracem podrán estar aquà con su jefe.