El falso brahman
El falso brahman —¡Ya! —dijo el cazador—. ¡Tú diriges el carro del Gobierno cazando y matando casi todos los dÃas búfalos, tigres, osos y elefantes!
—Un prÃncipe debe distraerse —respondió con gran seriedad el portugués—. Y además limpio mis bosques de animales peligrosos que devoran o despanzurran a mis súbditos. Surama firma los decretos en mi nombre, y yo hago retumbar mi carabina. Pero tú me hablabas de las cloacas.
—SÃ, amigo. La pista que Timul ha seguido se ha detenido ante un gigantesco albañal, construido quizá por los mogoles hace doscientos o trescientos años.
—¿Y no podrá haberse engañado? —preguntó Surama, que se habÃa puesto muy pálida.
—Cuando ese diablo de Timul se pone sobre un rastro, lo sigue siempre, sin engañarse jamás: él ha estudiado atentamente las huellas del brahman que huyó después de envenenar al ministro.
—¿Será, pues, algún brahman? —preguntó Yáñez—. ¿No será más bien un dacoita?
—Ahà está el misterio, pero no desconfÃo en descifrarlo. ¿Te acuerdas, Yáñez, cuando junto con Sandokán y sus guerreros dimos caza a los últimos thugs, que se ocultaban en los subterráneos del Raimangal?