El falso brahman
El falso brahman —Como si hubiese sido ayer. Recuerdo muy bien que estuvieron a punto de ahogarse como ratas, sorprendidos en su agujero por un repentino huracán. ¡Cuántas veces pasó y repasó la muerte ante nosotros y!…
Interrumpióse, alzándose bruscamente.
—¿Quién es?
—Yo, señor. He llamado ya tres veces, y sólo me habéis oÃdo a la tercera.
—Para ti, Kammamuri, está siempre franca la entrada a nuestras habitaciones privadas. Pasa, que aquà está también tu amo.
—Lo sé ya, señor; lo he visto antes que vos.
La puerta quedó franqueada y el maharato entró, seguido de cuatro criados que llevaban sobre inmensos platos de oro, maravillosamente cincelados, dos enormes lenguas humeantes de búfalo.
—¿Te has convertido ahora en cocinero? —preguntó Tremal-Naik.
—SÃ, mientras no hayamos descubierto y colgado o fusilado a los envenenadores —respondió el maharato—. En la cocina mando yo ahora, y no perderé de vista a los cocineros. Vos, señor Yáñez, os habÃais olvidado de la cena.
—Casi, casi —respondió el portugués—. Pero con todo eso, la saludo con gusto, tanto mayor cuanto que no correré peligro de sorberme yo también algunas gotas de veneno del bis cobra[27].