El falso brahman
El falso brahman —Estas lenguas, señor, y aun la salsa que las rodea, están preparadas por mà solo, pues no he querido que nadie me ayudase, para que asà estéis más seguro.
Entretanto habÃan entrado otros cuatro cocineros, llevando platillos de plata, cubiertos, botellas, servilletas y manteles.
Una mesa redonda, de ébano incrustado de madreperla, y con artÃsticos dibujos de oro, fue puesta en medio de la estampida.
Los criados prepararon todo rápidamente, y después, a una señal de Yáñez, se retiraron, andando sobre la punta de los pies, sin haber pronunciado una palabra.
—¿Continúan los ministros velando siempre al muerto? —preguntó el portugués a Kammamuri.
—SÃ, señor, y también bebiendo de firme.
—Déjalos. Aquà no ha de entrar ninguno, fuera de Timul, que será llamado oportunamente.
Cerró la puerta con llave, y se sentó a la mesa, al lado de la bellÃsima princesa, y Tremal-Naik enfrente.
Kammamuri se convirtió de cocinero en servidor, o mejor dicho, en camarero, y cortaba las lenguas con gran habilidad, cubriendo las grandes tajadas con una salsa rojiza, que exhalaba un fuerte aroma a pimentón, la especia preferida por los indostánicos.