El falso brahman
El falso brahman A pesar de sus preocupaciones, los dos hombres y la princesa hicieron honor a la cena, no habiéndose atrevido a probar bocado desde la muerte del ministro.
Antes de abrir las botellas de cerveza, Yáñez examinó con atención si estaban perfectamente selladas, y, satisfecho de su examen, llenó los altos y estrechos vasos de cristal azulado.
—Ahora podemos reanudar nuestra plática —dijo, ofreciendo cigarrillos a Tremal-Naik—. Me decÃas que las huellas del envenenador se detenÃan delante de la cloaca.
—Se detenÃan hasta cierto punto; porque ni Timul ni yo nos atrevimos a meternos en esas gigantescas alcantarillas, de las que no se sabe cuántos canales tienen, ni dónde comienzan, ni dónde acaban. Y ahora te digo que allà abajo, en medio de aquella atmósfera pestilente, viven cientos y cientos de personas que no tienen otro albergue. ¿Serán parias[28]? ¿Serán conspiradores? Me he informado por un hindú que conoce admirablemente esas cloacas acerca de si en un principio estaban ocupadas por todos esos desesperados, y me ha dicho que no. Sólo hace algunos meses que, al cerrar la noche, se reúnen esos misteriosos individuos en sus fétidos albergues. ¿Qué van a hacer allà abajo en la ciudad subterránea? ¿Cazar ratones? Yo, en verdad, no lo creo.
—Ni yo tampoco —respondió Yáñez envolviéndose en una nube de aromático humo.