El falso brahman
El falso brahman Apenas entró hizo tres profundas reverencias a la princesa y otras tantas a Yáñez; y después esperó a ser interrogado, fijando en ellos sus vivÃsimos ojos, que parecÃan fosforescentes como las pupilas de las ratas y los tigres.
—¿De qué parte de la India eres? —le preguntó Yáñez, señalándole una silla y haciendo que Kammamuri le llevase un vaso de cerveza.
—Soy baniano, alteza —respondió el viejo.
—Todos tus compatriotas son comerciantes muy hábiles y afortunados. ¿Y qué haces en mi capital? ¿Qué vendes?
—Pieles de rata que envÃo a Calcuta a una casa inglesa, y que sirven para hacer excelentes guantes.
—¡Cuerpo de Júpiter! ¿Eres cazador de roedores?
—SÃ, alteza.
—¿Y ganas mucho?
—Tanto que no puedo comprarme otro dugbah —dijo, suspirando, el viejo.
—De eso me ocuparé yo. ¿Es verdad que conoces todas las alcantarillas de la ciudad?
—SÃ, alteza, y puedo recorrerlas todas sin temor a extraviarme.
—¿Hay allà peligro de perderse?