El falso brahman
El falso brahman —Y podré deciros, alteza, cada cien o doscientos metros, qué calle, pagoda o monumento se halla sobre nosotros.
—¿Pero cuánto tiempo has vivido en ese infierno? —interrogó Tremal-Naik.
—Tres años, señor. Mis negocios andaban mal; un inglés me propuso que le proporcionase a millares pieles de ratones, y me fui a cazarlos allà dentro, obrando al principio con grandÃsimas precauciones, pues hay lugares muy difÃciles de atravesar. Esta extraña industria me daba al menos para comer. Pero cuando esos desconocidos invadieron la alcantarilla me hallé en pocos dÃas sin trabajo.
—¿Por qué? —preguntó Yáñez.
—Porque las ratas, o huyeron, o fueron devoradas.
—¿Devoradas? ¿Y por quién?
—Por los intrusos —respondió el baniano.
—¡Oh!… —exclamó la princesa, con un gesto de horror.
—No son las ratas tan repugnantes como se cree, señora.
He comido cientos de ellas asadas, y hasta con salsa picante.
—Y estarÃan tan sabrosas como la lengua que estás comiendo —dijo riendo Kammamuri.