El falso brahman

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4. La caza de los envenenadores

La tarde siguiente, apenas los batintines instalados en los diversos barrios de la capital dieron la señal de queda, salía misteriosamente del palacio imperial un grupo de diez hombres.

Precedían los dos molosos del Tibet, soberbios animales de cuerpo robusto y vigoroso, y de labios colgantes, cuyos repliegues les dan un aspecto verdaderamente terrible. Son casi tan grandes como terneros, y poseen tal fuerza muscular, que luchan ventajosamente con los osos y los derriban. Y ¡ay si muerden! Despedazan siempre y producen heridas espantosas.

El grupo lo formaban Yáñez, Tremal-Naik, Kammamuri, el baniano y seis sikaris, que conocían a los perros y podían azuzarlos en el momento oportuno.

Todos iban armados de carabinas y pistolas de dos cañones y de largo alcance, y llevaban bajo un medio capote impermeable pequeñas lámparas chinas para encenderlas más tarde.

Los habitantes de la ciudad se habían retirado ya, dejando solitarias las calles, nada preocupados, al parecer, por el nuevo crimen que había conmovido al palacio imperial. Verdad es que había otras tres o cuatro personas dispuestas a sustituir al muerto.

Aquella calma o, mejor, aquella indiferencia había impresionado un poco a Yáñez, a cuya observación nada se escapaba.


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