El falso brahman
El falso brahman —Tocan a retirada —dijo Kammamuri, que habÃa vuelto a cargar la carabina del portugués, y también habÃa oÃdo.
—Ahora deben de estar lejos —añadió el cazador de ratas—. No han aceptado la lucha a cara descubierta, y procurarán tendernos alguna celada.
—La descubrirán al punto nuestros perros —dijo Yáñez, volviendo a empuñar su arma—. Ve a buscar una escala bastante larga para atravesar el canal.
—En seguida, alteza.
—¿Necesitas que te ayuden?
—El bambú pesa poco y, además, mi cueva está situada en un lugar adonde es muy difÃcil que llegue quien no esté práctico en estas cloacas.
—Yo te escoltaré hasta la entrada con un perro —dijo Kammamuri—. Nunca se sabe lo que puede suceder con la oscuridad que nos rodea, y que en vano intentan las lámparas romper.
Yáñez, Tremal-Naik y su escolta se sentaron en tierra, poniendo sobre sus rodillas las carabinas. Pero antes tuvieron la precaución de llevar las linternas unos veinte pasos más lejos, a fin de que sólo ellas pudiesen servir de blanco, en el caso de que los habitantes del subsuelo se decidiesen a usar sus armas de fuego.