El falso brahman
El falso brahman —¡Que el diablo te lleve! —dijo Yáñez—. Ninguno de nosotros pensaba en las bombas, y ahora nos has traÃdo a la memoria ese nuevo espantajo. ¡Buena la hacÃamos si alguna de esas máquinas infernales cayese sobre nuestras cabezas!
—No creo que las posean, alteza. A mi parecer, no son más que unos infelices conspiradores mal armados.
—¿Se mueven los perros, Kammamuri?
—No, señor Yáñez.
—¿Estarán realmente asustados?
—Es increÃble.
—¿Has visto si tienen heridas de arma blanca o de fuego?
—No tienen herida alguna, señor.
—Pues, entonces, vamos nosotros adelante, o acabaremos con tanto charlar por volvernos papagayos.
Cogieron las linternas y se pusieron de nuevo en marcha, sin apresurarse demasiado, temiendo que los sorprendiese una repentina descarga de pistoletazos.
Los perros se habÃan quedado acurrucados con las orejas y la cola agachadas, como si estuviesen poseÃdos de un grande abatimiento. A todas las palabras que les dirigió el maharato permanecieron completamente sordos, como si ya no reconociesen su voz.