El falso brahman

El falso brahman

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Durante otros veinte o treinta minutos continuó el grupo avanzando, recorriendo siempre aquella galería que parecía interminable. Después, comenzaron a detenerse. A un lado y a otro abríanse en las paredes grandes agujeros, que parecían ser la entrada de seguros escondites.

—Hemos llegado al campo de batalla —dijo Yáñez—. Quizá estén observándonos esos bribones.

—Registremos primero todas estas cuevas, donde puede haber gente escondida —dijo Tremal-Naik.

—Miradlo, sikaris; y si os hacen fuego, responded en seguida.

Los seis cazadores, precedidos siempre por el baniano, se abalanzaron a aquellas aberturas, unos por la derecha y otros por la izquierda, arrastrándose sobre el vientre.

Habían dejado las carabinas, que los embarazaban demasiado, y empuñaban las pistolas. Su ausencia fue brevísima.

Yáñez y sus compañeros los vieron salir uno a uno, muy cariacontecidos y lanzando maldiciones. Aquellos valientes estaban ansiosos de luchar.

—¿Nada? —preguntó el portugués, que comenzaba a perder su flema extraordinaria.

—Yo he encontrado ratas desolladas y media cola de cocodrilo-dijo un sikari.


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